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Río Cuarto
30 marzo, 2020
Arte y Cultura

Mariana Sández habla de su última novela “Una casa llena de gente”.

l acceso inesperado a unos diarios íntimos que se presentan como la fantasía de indagar en la insondable personalidad de su madre muerta lleva a la protagonista de la novela Una casa llena de gente a confrontarse con una polifonía de voces que, lejos de esclarecer, instalan nuevos enigmas y permiten a Mariana Sández explorar la idea de que la identidad es siempre un entramado maleable y contradictorio.

«No somos más que personajes. Un invento colectivo de nosotros mismos y de otros», dice la inquieta Leila en los cuadernos autobiográficos que su hija Charo recibe como herencia tiempo después de la enfermedad que se ha llevado a su madre, mujer de incontenible afición por la literatura, al punto que a la hora de mudarse su única prioridad será la superficie disponible para las estanterías que albergarán la biblioteca familiar.

Charo tiene poco menos de diez años cuando llega con sus padres y sus dos hermanastros al complejo de departamentos con pésima acústica que franquea impúdicamente las discusiones y los altibajos de sus habitantes: allí se monta la arquitectura narrativa de esta historia que desmigaja peleas, amistades, amores clandestinos y hasta una muerte en el marco de los vínculos que trama el azar o la genética.

«Una casa llena de gente», publicada por Compañía Naviera Ilimitada, exhuma el pasado familiar desde la mirada adulta de Charo, convertida en dramaturga y convocada a una aventura temeraria: en los cuadernos autobiográficos su madre le pide que entreviste a quienes la conocieron para confrontar sus perspectivas con las narraciones que aparecen en esos escritos.

Sández es autora del libro de cuentos «Algunas familias normales» y de «El libro de Manuel. Un recorrido sobre la obra de Manuel Antín», y con este libro hace su debut en el género novela.

-Expiar las culpas por el episodio fatídico que su hija presencia involuntariamente, reconciliarse tardíamente con su madre, iluminar algunas de sus conductas erráticas… ¿Cuántos propósitos en simultáneo arrastra la decisión de Leila de llevar adelante un diario para legarle a su hija?

-Los que escribimos nunca tenemos una idea cerrada de todo lo que pasa con nuestros personajes y en definitiva nuestra interpretación es tan subjetiva como la de los otros lectores. Mi impresión es que ese diario fue mutando en sus funciones mucho más allá de lo que ella pudo controlar. Es lo mismo que nos pasa al escribir ficción: empezás con una idea y se va transformando o complejizando.

Para ella, ese diario fue primero un racconto de la infancia de su hija, con la idea de después dejárselo como memoria, como se dejan las fotos. Pero a medida que escribía y la hija crecía, el foco de la escritura se desplazó hacia sí misma como mujer. Y como cualquier diario íntimo, su función última es la descarga emocional donde todo se mezcla un poco.

-Uno de los personajes describe a la escritura como un movimiento similar al del limpiaparabrisas que permite «barrer atrás y adelante la memoria» ¿La escritura fija la memoria o la adultera?

-Creo que todo en Leila es una expiación del peso que le supone ese ideal de perfección que le viene de la madre. Como su accionar tiene que ser intachable, finalmente nunca publica y nunca está satisfecha, se la pasa revisando y corrigiendo tanto lo que escribe como lo que vive. La perfección la convierte en alguien indecisa o insegura, inconclusa. Y en algún punto literatura y vida, sobre todo en un diario personal, terminan confluyendo. La escritura fija a la vez que adultera la memoria, y fija lo que adultera cada vez para volver a adulterarlo indefinidamente. Así vivimos, creyendo que recordamos las cosas pero las vamos reelaborando. No existe lo que llamamos recuerdo; eso que parece algo fijo y estático en el tiempo es una masa muy ficcional, activa y polimorfa. Por eso Leila siente que el pasado, el tiempo y la vida se le escapan, es consciente de que está reteniendo una versión subjetiva de los hechos. Es una mujer muy hiperconsciente, como creo que en definitiva somos las mujeres en general.

-Los personajes instalan una línea de tensión en torno a la composición de los recuerdos y la legitimidad de los soportes que asisten a la memoria, una cuestión que se ha vuelto central a partir de los dispositivos de almacenamiento tecnológicos ¿Cómo impacta sobre la memoria y la percepción del pasado esta posibilidad de recuperar por vía de la tecnología experiencias pasadas?

-Fui como el personaje de Leila mucho tiempo, padecía de una obsesión por retenerlo todo a través de todos los formatos posibles: fotos o videos, escritura, copias en distintos discos externos. Y mientras maduro me vuelvo más Fernando: siento que es mejor guardar lo que queda en nuestra memoria natural porque lo que conservamos en discos muy difícilmente volvamos a verlo. Es como la supervivencia del recuerdo más apto, que además seguro irá cambiando según el momento presente que nos toca vivir. Creo que lo tecnológico está alterando nuestra necesidad de mirar hacia atrás: cada vez acopiamos más y repasamos menos.

-Charo tiene la posibilidad de asomarse a ciertos enigmas o matices de la personalidad de su madre que hasta la aparición de los diarios habían quedado fosilizados por su muerte ¿Este «bonus» inesperado le otorga la posibilidad de saber más sobre ella o en definitiva no hace más que multiplicar los agujeros negros a partir de ese mosaico de voces que en la operación de recordarla parece instalar nuevos interrogantes?

-Las personas intentamos fijar la imagen de todo, darle una versión definitiva incluso a las personas y hasta a nosotros mismos, pero en el proceso de perseguir eso reconocemos que es inasible. Como Leila lo sabe y ya por su forma de ser se lo ha trasmitido a Charo, las dos buscan jugar con las contradicciones de las distintas miradas más que armar un identikit acabado. Ponen en juego la ficción a partir de los datos de lo real.

fuente puntal

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