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14 agosto 2020
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SILVIA BARRIONUEVO LA PIONERA DEL FUTBOL FEMENINO CON 72 AÑOS ESTA EN LAS CANCHAS

Es hincha de Talleres y antes de la pandemia no faltaba nunca al picadito con sus amigas. Pasó una adolescencia difícil por querer hacer lo que amaba.

La de Silvia Barrionuevo no es una historia de superación. No es ese relato romántico de la niña que se sobrepuso a los prejuicios y pudo abrirse camino entre las adversidades. En realidad, Silvia hizo todo eso en el fútbol, pero no en la búsqueda de superarse, sino en la búsqueda constante de la libertad.

Nació en barrio General Bustos en 1948 y es la segunda de cuatro hermanos (tres mujeres y un varón). Su padre era empleado en el ferrocarril y estaba poco en casa. Su madre trabajaba lavando ropa para empresas del barrio. A la casa que alquilaban se la conocía como “el Conventillo”. Era de esas construcciones largas, llena de piezas donde vivían todos. Además de la familia Barrionuevo, estaba una tía con sus hijos, una prima también con su familia, y siempre había lugar para alguien más.

Entre los niños del hogar había varones y mujeres, pero Silvia se inclinaba siempre por jugar con los primos. Llegaba del colegio, dejaba el guardapolvo y los libros, y pasaba horas pateando una pelota, cambiando figuritas, trepando a los árboles y haciendo fogatas.

LA NIÑEZ

Cuando volvía, siempre ligaba algún reto, sobre todo de su abuela, que no quería verla haciendo cosas de hombres. «Era de mi gusto salir a la calle a jugar a la pelota y a todos los juegos de varones. Tenía una abuela que era como las de antes, aunque mi madre no me decía nada. ‘¿Qué hacés, machona, en la calle? Vení que te voy a enseñar a coser y a cocinar’, solía decirme mi abuela».

A pesar de esos malos ratos, Silvia repetirá en varias ocasiones que la infancia fue la mejor época de su vida. La inocencia, y la falta de responsabilidades y de conciencia, hicieron que pudiera disfrutar cada uno de esos juegos sin pensar en las cosas que debía cumplir por ser mujer.

“Yo, lamentablemente, no terminé la escuela y después me mandaron a trabajar, a cuidar chicos; no me gustaba, pero lo hacía por necesidad”, contó.

El fútbol empezó a estar cada vez más presente y, a la vez, comenzaba a chocar directamente con las expectativas que había sobre ella. En la década de los ’60 y los ’70, el fútbol femenino en Argentina tuvo un gran auge. Se jugaban muchos torneos relámpago en diferentes ciudades. Los campeonatos de barrio eran furor y cada uno tenía un equipo fuerte que lo representaba.

“Con el tiempo hubo un club en el barrio que estaba en la única calle asfaltada, que organizaba festivales en las fiestas patrias, y armaron un torneo de mujeres. Me llamaron y fui. Ahí empecé a jugar y con el tiempo ya se hizo más popular. Participábamos de campeonatos afuera, porque ya se hizo más grande el fútbol femenino. No era la gran cosa, pero la gente se fue adaptando más a que la mujer jugara al fútbol, llamaba la atención”, recordó.

LA ADOLESCENCIA

Pero mientras más aumentaba su pasión por la pelota, una adolescente Silvia se chocó de frente con una realidad que no compartía ni entendía, pero que tenía que aceptar. En su familia tenían otros planes para ella, no la dejaban salir sola, viajar ni jugar campeonatos. Así empezó de a poco a volverse una profesional de la mentira. Tenía que inventar todo tipo de excusas para poder hacer lo que le gustaba y sufrir retos cuando la descubrían.

Al volverse mayor, la mandaron a vivir con una tía que estaba enferma, para a cuidarla, ya que no podía valerse por sí misma. Más allá de todos esos malabares que tenía que hacer para patear una pelota, vivió momentos mágicos que hasta el día de hoy recuerda como si fueran ayer.

Entre ellos, está un torneo en Ramona, una comuna de Santa Fe. Ahí tenían que competir sábado y domingo. «¿Cómo hacía para irme dos días? En ese momento no te dejaban salir, y menos dos días. Mentí, dije que me iba a otro lado y esperé que me saliera. El sábado estuvo todo bien y el domingo jugábamos el partido por el campeonato. Al otro equipo con empatar le alcanzaba, así que teníamos que ganar. Me acuerdo que a la noche había llovido y la cancha tenía mucho barro. Le ponían arena para tapar el agua. Estábamos 1 a 1 y sobre el final llegó un córner. Yo intenté estirar el pie, pero me resbalé y le terminé pegando con los talones. Hice el gol y salimos campeonas. Fue inolvidable para mí. He tenido muchos partidos lindos, los campeonatos eran hermosos, los equipos jugaban bien”, recordó.

Regresaron ese domingo por la noche, pero ella no fue a su casa, sino a la una de sus amigas. A la mañana siguiente, bien temprano, se levantó y fue a lo de una tía a la que hacía mucho no veía. A ella le pareció extraño que estuviera a esa hora por ahí. Silvia tuvo que pedirle que por favor le dijera a su madre que había pasado la noche allí, para evitarse un fuerte reproche.

«Eso pasó, pero con el tiempo se enteraron. Yo ya quería ser libre, que no me dijeran más que no podía hacer lo que a mí me gustaba», confesó. Pero entre tantas escapadas a escondidas, en 1964 el colectivo donde viajaba sufrió un accidente y murió una jugadora. Ella tuvo algunas heridas en su rostro por el choque. Por ese inmenso susto, decidió parar algunos años. Iba a ver partidos, seguía escabulléndose aunque sea para mirar, hasta que de a poco se fue animando a volver.

Silvia se describe a sí misma como una persona tranquila, sumisa, hasta “falta de carácter” para algunas cuestiones. Trata de aceptar lo que dicen, no le gusta discutir ni hacer enojar a los demás. Y aunque se tardó bastante, tan grandes eran sus deseos de ser libre, de ser ella misma, que tuvo el coraje de pararse frente a su madre y decir «hasta acá llegue».

«Había un torneo en San Francisco y me invitaron de un equipo de San Vicente. Tenía que irme esa noche a dormir a otro lado porque salíamos a la mañana temprano. No sabía cómo iba a hacer para decirle a mi mamá. Pero, bueno, saqué pecho, como se dice, y fui a hablar. Le dije: «Mirá, mamá, pasa esto y esto, y aunque no te guste yo voy a ir igual. No aguanto más que cada vez vez que hay un torneo tengo que mentir o fijarme la hora que es. Esta noche me voy y mañana viajo’, le dije. Viste cómo era antes, salías a la esquina y te tenían zumbando (sic). Le dije que desde ese día no iba a pedir más permiso, que iba a cuidar a la tía toda la semana y que los fines de semana me iba a jugar a donde fuera. Te vas a reír, pero tenía 25 años cuando me planté. ¿Podés creer que a esa edad todavía tuviera que salir con mentiras?», relató.

LA ADULTEZ

La vida avanzó y el fútbol, de a poco, fue perdiendo fuerza. Trabajó siempre como empleada doméstica, algunas veces cama adentro, hasta que en la década del ’80 se mudó adonde vive hoy, en barrio Cerro Norte, de Argüello. Allí arrancó con dos habitaciones y un baño, y hoy ya es el hogar que siempre quiso. Al frente de su casa vivía una comerciante de la que fue trabajadora doméstica hasta hace pocos años, cuando se jubiló. Fueron su segunda familia.

Silvia siempre fue fanática de Talleres y esa familia la hizo socia del Matador y la llevaban a la cancha. Actualmente, va al sector de jubilados en la platea debajo de las cabinas. Confiesa además que cuando era joven solía ir a al Monumental para ver a Instituto, ya que vivían cerca y entraba gratis. Sus primos vendían gaseosa en los alrededores y después todos juntos entraban al estadio.

Silvia tuvo un gran amor en su vida, el hombre con el que ella quería casarse. Las vueltas del destino hicieron que él y su familia debieran mudarse a Buenos Aires. Querían llevarla con ellos y arrancar una nueva vida allá, hasta le habían mandado los pasajes, pero nuevamente los límites la dejaron sin lo que ella quería. Su madre le prohibió viajar. «Era el amor de mi vida, pero no pudo ser. Yo estaba ciega por ese chico», afirmó.

Segunda oportunidad

En 2005, cuando tenía 57 años, le detectaron cáncer de mama. Inició todos los tratamientos y se operó. Antes de eso, jugaba de vez en cuando al fútbol, pero ya no lo vivía con la misma pasión de antes.Tras la cirugía y con los tratamientos posteriores, Silvia le había puesto un punto final a su etapa como futbolista.

Pero la vida le tenía preparada una sorpresa, algo inesperado que iba a despertar las fibras más íntimas de una mujer que se había resignado ya a ser libre. Porque para ella, esa palabra había tomado un significado totalmente diferente. Era independiente, tenía su casa, su dinero y ya no tenía que rendirle cuentas a nadie. Pero esas alas que alguna vez quiso desplegar y que le cortaron volvieron a nacer de repente.

Una vecina la invitó a un cumpleaños en una cancha de fútbol. Después del picadito, el grupo que se juntaba siempre iba a festejarle a Mónica con un asado. Silvia y Rosa Villagra llegaron luego del partido y conocieron a Erika Perise, quien en la historia ocupará un lugar invalorable para las dos mujeres. Erika se acercó y charlaron.

Silvia le contó de sus épocas como jugadora y de cuánto se alegraba de que las chicas de hoy pudieran disfrutar el fútbol de esa manera. Pudo ver las ganas en sus ojos y, liberada de todo prejuicio, la invitó para el siguiente encuentro. Silvia, que estaba atravesando todavía tratamientos por su enfermedad, admitió que tenía miedo, pero igualmente la convencieron.

Pasaron por varias canchas a lo largo de 10 años. Silvia, que siempre renegó de la escuela, ahora era la alumna perfecta. No faltaba nunca, llegaba siempre temprano, cumplía con sus compañeras. Se quedaba para los asados, llevaba la ensalada, con frío o con calor se tomaba uno o dos colectivos para llegar al Centro. Para ella fue un volver a la vida, fue una segunda inyección de juventud que ahora sí iba a disfrutar.

Pero ese grupo que formaron se separó, Erika se alejó de las canchas y Silvia se quedó sin nada. Otras jugadoras la invitaron y llamó a Erika para avisarle y pedirle que no lo sintiera como una traición. Así es ella, todo para los demás y nada para sí misma. Dentro de la cancha, es igual. Silvia siempre jugó de delantera. Destaca que correr no era lo suyo, pero que si hacía falta, lo hacía por el equipo, sobre todo cuando era más joven.

Le encanta pegarle de taco, es el vicio del potrero que nunca se olvidó. Si bien lo que le gusta son los goles, a Silvia le apasiona el buen fútbol: jugar y hacer jugar. No importa si está frente al arco, el egoísmo no forma parte de su esencia. Hasta sus amigas tienen que pedirle que defina ella.

“Yo si veo una que viene de frente, trato de dársela, aunque me digan que patee yo. No soy ambiciosa por hacer goles, a mí me encanta que la jugada salga bien”. Para Silvia el fútbol es algo para compartir, de ahí sus actitudes dentro de la cancha. Hasta aconseja a las arqueras con las que juega, desde su experiencia como delantera.

Como las cosas con el otro equipo no salieron como lo esperaba, se sintió perdida, pensando que en ese momento el fútbol sí había desaparecido realmente de su vida. Ahí Erika reapareció y la llevó a un grupo con el que entrenaba, Las Pumbas. La sumaron sin problema y “la Vieja” se volvió la más querida dentro del equipo. Como jugaban en una cancha que daba a la calle, la presencia de Silvia se volvió una atracción para los vecinos. Además, iba casi siempre con una remera de Talleres, así que algún fanático le hacía hinchada desde afuera.

Se juntaban a jugar los lunes, y para Silvia el fin de semana se hacía eterno, “Yo el sábado ya no veía la hora de que llegara el lunes. Lo aprovechaba para visitar a gente que no había visto en la semana, pero ya el domingo descansaba. Cómo serán las ganas que tenía que llegaba siempre primera y el lugar ni estaba abierto. El dueño me conocía y me hacía pasar”, contó.

Ahora en cuarentena y sin poder ver a su grupo de amigas, Silvia se mantiene activa, no quiere que esa luz que se encendió en su interior se vuelva a apagar. «En casa tengo una pelota y cuando me aburro, me pongo a patear contra la pared, para moverme un poco. Hago bicicleta fija también», contó.

Siente que volvió a la vida desde que juega el fútbol, dejó atrás su enfermedad y ocupó su mente en cosas positivas. Su rutina estaba acotada al trabajo como empleada al frente de su casa y luego no hacía mucho más. Desde que patea una pelota, su semblante se volvió a iluminar.

La vida de Silvia Barrionuevo no es una historia de superación, es una historia de mandatos patriarcales que la privaron de hacer las cosas que le gustaban. Es sólo un ejemplo más de los miles que existen en el país. Por eso, a los 72 años, su vida se resume en la búsqueda de una libertad que finalmente encontró.

Porque cuando Silvia entra a una cancha, lo hace en honor a la pequeña que se embarraba en los baldíos de General Bustos. Cuando hace una gambeta o un pase, les está mostrando a sus amigas, con muchos años menos que ella, que nunca es tarde para cumplir los sueños. Y porque cuando hace un gol, el grito no es solo un festejo por anotar, sino también un grito de liberación.

FUENTE: mundoD

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